Atlántida de Terry

Sirenas, Por Terry soñamos y creamos en el fondo del mar.


No estás conectado. Conéctate o registrate

Un día como hoy, 11 de septiembre

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo  Mensaje [Página 1 de 1.]

1 Un día como hoy, 11 de septiembre el Lun Nov 23, 2009 6:27 pm

Annabel Lee


Perla beige
Perla beige
Nota:Este trabajo ubica a Terry en tiempo presente y en cómo habría vivido un hecho tan terrible como lo acontecido el 11 de septiembre en su amada Nueva York.

Gracias por leer.

Al final de mis años de estudiante en el Real Colegio San Pablo, allá en Inglaterra, conocí a un joven de finas maneras que desde que lo vi por primera vez, me inspiró una animadversión como pocas veces cualquier otro individuo me había hecho sentir.

Recuerdo que era delgado, de tez blanca y cabellos color castaño claro. Vestía tan impecablemente que, desde mi punto de vista, rayaba en la ridiculez, pues parecía más una dama al cuidado de su aspecto, que un joven de quince años.

Su apariencia delicada para nada era una invitación a tomarlo como adversario en el terreno de los golpes y siendo honestos, yo tenía mejores cosas que hacer en aquellos días, al menos eso era lo que pensaba.

Seguramente el chico hubiera pasado inadvertido ante mis ojos a no ser porque tenía algo más que lo
caracterizaba y que resultaba francamente desagradable para mí: era norteamericano.

Es bien sabido que los norteamericanos gozan de la antipatía de muchas personas a lo largo del mundo así que nada en particular tenía que Archie Cornwall y yo viviéramos con los puños en alto dada su condición de ciudadano norteamericano y la mía de ser un caballero inglés.

Tal vez si mi vida hubiese sido distinta lo habría ignorado por completo desde el principio, pero de su patria sólo había tenido momentos amargos y en él encontré la oportunidad perfecta para desquitarme por todas las humillaciones que en ella viví.

*-¡Repítelo Terry!- gritó un día Archie enfurecido tras darme un puñetazo que me hizo perder el equilibrio.
-No tienes por qué enojarte tanto cuando hablan mal de América- respondí al levantarme del suelo limpiándome la cara.
-Es mi patria y no tolero que nadie hable mal de ella –refutó orgulloso.
-Es tu patria pero es un pequeño país. ¡Toma!- me mofé y le di un puñetazo
que lo hizo caer al suelo -. América es el peor país del mundo – agregué escupiendo al suelo a sabiendas de que aquello lo haría enfadar mucho más.
-¡Repite eso Terry!

-¡Alto los dos! – intervino la hermana Grey para desagrado mío.
-Muy bien Archie, digamos que nuestra pelea fue un empate- dije antes de largarme de ahí.
-Un momento Terry –me detuvo la rectora.
-No se preocupe hermana, sólo estábamos jugando –le expliqué cínicamente.

Después de aquel “jueguito” vinieron otros más en otros momentos y en otros
lugares, pero he de confesar que fue aquel día, cuando secretamente Archie se ganó mi respeto y mi admiración.

-“Envidio la pasión de Archie si alguien insulta la patria de su padre”- me dije a mí mismo
una tarde mientras tocaba la armónica que Candy me había regalado.

Aquel sentimiento era nuevo para mí. Yo nunca antes había conocido a alguien que le importara otra cosa que no fuera su propio beneficio y sinceramente, ni yo mismo había experimentado amor semejante por la tierra que me había dado todo hasta ese momento.

Los años pasaron y jamás volví a toparme con él, pero aquella huella que dejó su paso por mi vida, nunca la olvidaré mientras viva.

Era una mañana de septiembre y si mi memoria no me falla, era martes. Dormía como un bendito pues la noche anterior me había desvelado de lo lindo, sabiendo que al día siguiente no tendría que ir a trabajar.

En aquel entonces yo vivía en un apartamento en la tercera avenida y la calle 127, en el lado este del alto Manhattan.

Tal vez llevaba poco más de un par de horas dormido cuando el repiquetear del teléfono me sacó del profundo sueño en el que me encontraba.

-¿Sí? –contesté aún adormilado.
-¡Es terrible hijo! – escuché la voz consternada de mi madre del otro lado de la línea.
-¡¿Qué pasa?!- respondí asustado por sus palabras.
-¡Nos atacan! –dijo mientras lloraba sin control.
-¿Quién?
-No lo sé… lo único que sé es lo que las noticias dicen, ¡estamos siendo atacados!

Con teléfono en mano, encendí el televisor para ver aquello a lo que mi madre se refería, cuando vi humear intensamente las torres gemelas del “World Trade Center”.

-¿Pero cómo es posible? – pregunté incrédulo ante aquel espectáculo de proporciones exorbitantes.
-No se sabe mucho –contestó Eleanor tratando en vano de calmar su angustia-. Al principio se pensó que había sido un accidente, pero al ver que otro avión se estrelló con la torre sur, descartaron esa posibilidad.
-Trata de calmarte. Voy para allá.
-Pero hijo, no sabemos lo que está pasando, salir puede ser peligroso.
-No te preocupes por mí. Te prometo que tendré cuidado.

Colgué el teléfono y aturdido por los acontecimientos me vestí con lo primero que encontré y salí rumbo a la residencia de Eleanor en Brooklyn.

Angustia e incredulidad fue lo que encontré en las calles de Nueva York aquella mañana del 11 de septiembre. En vano intenté llegar a casa de mi madre, pues para entonces ya habían dado la orden de cerrar todos los puentes que comunican los diferentes barrios que componen la ciudad, por lo que
no me quedó más remedio que regresar a casa. Durante el trayecto no pude dejar de pensar en las vidas de todos aquellos que para ese momento seguramente ya se encontrarían trabajando en ese lugar.

Rodeado de dolor, miedo y muerte, fue que experimenté por primera vez aquella rabia que Archie había manifestado tan fehacientemente siendo sólo un chiquillo.

En esos momentos quise tener entre mis manos a los malditos terroristas que provocaron todo ese dolor para ser yo mismo quien acabara con sus miserables vidas a fuerza de puñetazos.

De este modo me di cuenta de que Nueva York y Estados Unidos eran prácticamente todo para mí. Fue ese día que desapareció el último vestigio del caballero inglés que quedaba en mí, para dar paso al
americano que siempre llevé por dentro, no sólo por ser hijo de una mujer americana, sino también por haber nacido en este suelo.

Después de aquel día ya nada volvió a ser igual y hoy, que ya han transcurrido siete años, lo único que puedo decir es que estoy orgulloso de esta tierra y de su gente. Gente que supo levantarse y dar la cara a pesar del miedo que secuestró sus vidas a partir de ese acontecimiento.

Sé que otros en el mundo han vivido cosas peores, pero no hay tragedia más grande para uno que la vivida en carne propia y no puedo menos que decir que no importa cuantas veces nos golpeen, siempre tendremos la fortaleza necesaria para levantarnos y resurgir de nuestras cenizas.

En memoria de todos aquellos que perdieron la vida en un día como hoy, flamas que a pesar de lo fuerte que sopla el viento, jamás se extinguirán.

Terruce G. Grandchester.
11 de septiembre de 2008


*Extracto del capítulo 42 "Un picnic a media noche" del anime Candy Candy.

Ver perfil de usuario http://lashistoriasdeannabellee.blogspot.mx/

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba  Mensaje [Página 1 de 1.]

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.